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Luis Ossa: «Puedo decir con certeza que él me cambió la vida a mí»

Vio a un cachorro una mañana en el colegio donde trabajaba… su vida experimentó un cambio, que nos relata…

«Octubre 2014. Un enanito apareció en la escuela donde trabajo. 8am. Más puntual que los mismos alumnos. Nos miramos pero yo seguí mi rumbo hacia mi sala de clases, a encontrarme con mis alumnos. ‘Debe ser de alguno de los niños, pensé yo’. Eso me dejo tranquilo en parte. Ya se habían cumplido 3 meses de la partida de mi querida compañera ‘Mona’ quien vivió hasta los 18 años. Esa desazón de perderla me provocaba sentimientos especiales al ver a otros perritos. Al terminar la jornada aún estaba este pequeño ser en la entrada del colegio. Como esperando algo. O a alguién. Pregunte por él. Si alguien sabía sobre sus dueños y recibí una respuesta que me dolió hasta el alma: ‘ha estado toda la mañana acá sentado mirando hacia dentro de la escuela’. No tenía dueño claramente.

 

Lo vi con detención y pude apreciar su vulnerabilidad. Sucio. Mal oliente. Pero con esos ojos llenos de amor y esperanza. No lo pensé ni 2 veces y lo alcÉ en mis brazos y lo senté en el asiento del copiloto en mi vehículo. ‘Te vas conmigo’, le dije. En el viaje, con el mareo del vaivén del auto su estómago no resistió y vomitó. Era lógico. Era un bebé. Sin costumbre de subir a un auto. Vi con pena como salían de su cuerpo parásitos. Llegamos a la casa y lo bañé. Quedo blanco como la nieve. Reluciente. Corrí al negocio de la esquina a comprar algo de comida para Él. Se la devorÓ. Y al terminar me miró con sus ojos que irradiaban agradecimiento. Luego al veterinario. Sus vacunas. Revisión. Carnet. Desparasitación. Ya estaba todo ok. No tenía nada más que ganas de ser amado. Enfermero. Amigo. Confidente. Compañero de juegos y reflexiones. Hace 4 años que llegó a mi vida y nos hemos vuelto compañeros inseparables. El es amo y señor en mi hogar. Tiene su lado en mi cama. Con su colcha. Su almohada. Si el amor tiene una presencia física y terrenal está claro que se materializó en él.

Esta siempre ahí. Cuando llego con penas o cansado del trabajo, él me alegra el día con sus besos, juegos. También comprende cuando los ánimos no están bien y sólo se sienta a mi lado a acompañarme. El sabe que con su presencia mis desazones se calman. No es necesario que hablemos. Con sólo mirarnos sabemos lo que cada uno le dice al otro. El es Cifer. Mi mestizo de 4 años que, sin lugar a dudas, provocó un cambio en mí. Puedo decir con certeza que yo no le cambie la vida a él. Si no que él me la cambio a mí». Luis Ossa Castillo.