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Camila Hirane “Me salvaron la vida”

septiembre 1, 2020 by Isabel Pinto en Actualidad Animal

Blanca Esperanza y Nina Carlota llegaron a su vida justo antes de que empezara la cuarentena obligatoria en Santiago. Estas “pandemic dogs”, como ella las llama, vinieron a recordarle la pureza del amor animal. “Es increíble cómo en los perritos que han vivido en la calle hay una inteligencia, una bondad y una humildad tremendas. Tienen mucho que enseñarnos”, señala la actriz de la serie de Mega “Verdades Ocultas”.

Por Carolina Palma. Fotografía: Gonzalo Muñoz. Maquillaje Josefa Inostroza. Vestuario: Sofía Pinto.

Creció en una familia de papás perrunos. En la primera casa que vivieron adoptaron a la Carlota, una quiltra que la acompañó en su primera etapa de vida. Desde ese instante pasaron muchos perros que marcaron su vida. También, cuando nació, su papá le regaló a su mamá un pastor alemán, que se llamaba Bartolomé, que mostró gran paciencia frente a una familia de tres niños que amaban jugar con él.
Pese a esos recuerdos, la actriz Camila Hirane (34) no se consideraba una dog lover. “Cuando me fui a vivir sola con dos amigas, como los 23 años, me di cuenta de que me faltaba esa energía que te aportan los animalitos. Como una hermosa casualidad, apareció la Ginger».

La noche del encuentro su prima le iba a presentar a un amigo en un carrete, una cita a ciegas. “No hubo match, pero hasta ahora somos amigos. Él tenía un perro gigante, y andaba con esta perrita aguachada. Me contó que llevaba un mes en su casa, que él se iba a trabajar en bicicleta y ella lo seguía. A todos nos impresionó que atravesara Santiago y se devolviera sola, desde Bellavista a Pedro de Valdivia. Me hizo gracia altiro. Al día siguiente, desperté con esta perrita en la terraza de mi casa. La subí al auto, y la llevé a la casa de mi papá para que la conocieran. La amaron. Incluido el Jack, el perro de mi papá. Era una quiltra brillante, brillante. Pese a que incluso construyó un muro, se escapaba de la casa de mi papá para ir a la casa de mi mamá que quedaba cerca”.

Cuando Camila la adoptó, tenía tres años y vivió cinco con ella. ¿Qué pasó durante esos primeros años? Un día, mientras trotaba con la Ginger, una niña en bicicleta comenzó a llamarla Mora. “Gritaba ‘la Mora, la Mora’. Me contó que era de una familia que la regaló porque se cansó que se escapara. Pero se devolvió de una zona bien alejada a su casa de Providencia y se quedó viviendo en la plaza con otros perros. Ella vivía cerca de esa plaza, por eso la conocía. Así que después le decíamos Ginger Mora», cuenta riendo.

Cuando trabajaba o viajaba, la dejaba en la casa de su papá o mamá. Casi una tuición compartida. Es que todos se peleaban por ella, la regaloneaban, la amaban. Sus amigos y compañeros de trabajo también la recuerdan, porque la llevaba al camarín. «Cometí muchos errores, confiaba mucho en su inteligencia. Me costaba someter su naturaleza. Ella no usaba correa cuando salía a pasear porque no quería. No quería coartarla tampoco. Resquemor que ahora no tengo con mis dos perras”, reconoce.

¿Cómo desapareció la Ginger?

Hace cuatro años venía llegando de la casa de una amiga, de una reunión de amigas perrunas, cada una estaba con su perro. Me bajé del auto y salió persiguiendo un gato. Vivía en ese barrio hace dos meses. La escuché ladrar y ladrar, la llamaba, pero una vecina me gritó que me callara. Nunca lo voy a olvidar. No la veía, sólo ladraba. En un momento di por hecho que se había cansado de gritarle al gato y que salió por otro lado y se desorientó. La busqué tres meses por todo Santiago. Fueron los tres meses más angustiantes de mi vida. La sensación era que estaba viva, y que me estaba buscando (se emociona).

Hiciste todo para encontrarla…

Estaba muy mal. Dejé de trabajar, paramos una obra de teatro y mis amigos de mi compañía me ayudaron a buscar a mi perra. Parecía loca, fui a los matinales, a todas partes. Hacíamos operaciones rastrillo con toda mi familia. Seguí muchas pistas falsas. Cualquier quiltro se parecía. Después de tres meses, apareció como un milagro de amor. Ella, donde quiera que esté, se encargó de que la encontrara para que pudiera seguir con mi vida. Apareció muerta donde mismo se me perdió, en una caja, con su collar y su chapa.

¿Encontraste una explicación?

Es un misterio. La gente de esa casa no sabía nada. Las teorías son que se electrocutó o peores pesadillas. Quiero creer que se murió esa misma noche. No pensé en tener un perro por cuatro años.

¿En qué momento decidiste vivir con otro perro?

En la pandemia. No me considero una doglover. Me enamoré de la Ginger no más. Bueno, después de lo que pasó, mi mamá adoptó otro perro altiro. Mi papá con la Claudia, su señora, trajeron otro perro, porque el Jack tuvo una depresión tremenda cuando no vio más a la Ginger. Ese perro tuvo un hijo y ahora mi papá tiene tres perros, mi hermano uno, yo dos y mi hermana un gato. Mi hermana, que es periodista, escribió un artículo que se llama “La metáfora de Ginger”, que habla de cómo unió a esta familia disfuncional. Ese fue el efecto de la Ginger. La que más se demoró en tener otra mascota fui yo.

Es que era tuya

Quedé traumadísima. Teníamos una página de Facebook, entonces nos dedicamos a ayudar a otras personas después. No me podía imaginar ese dolor, me moría de susto que se me fuera a perder otro perro. Hasta hoy tengo su collar a la entrada de mi casa y su camita ahora la ocupan las perritas.

¿Cómo perdiste el miedo de volver adoptar?

Cuando estás trabajando, uno piensa cómo va a estar solo un perro todo el día, pero estaba en la casa por la pandemia, entonces empecé con la idea de tener un perrito. Me cuesta eso de elegir un perro por foto. No sabía cómo. Con la Ginger fue tan como del destino…

¿Y estas también?

Es que me vas a creer que fui a ver unas cerámicas a Lampa, porque el showroom de atención al cliente en Santiago estaba cerrado. No estaban las cerámicas que quería, pero me encontré estas dos perritas: Blanca Esperanza Comanechi Romanov y Nina Carlota.

¡Cómo!

Las tenían aguachadas don Marco y don Oscar, un guardia y un trabajador de un galpón en Lampa. Llegué, había una barrera de contención y estaba la Blanqui acostada. Para que pudiera entrar, la tuvieron que correr. Cuando veo que se eleva dos centímetros del suelo, la encontré genial. Me bajé del auto, se notaba tranquilita, inteligente, y ahí me contaron que se había ido a aguachar hace un mes. Otras personas también se la querían llevar, pero ellos no las dejaron porque estaba con una hija. Una tiene seis años y otra uno.

¿Cuándo apareció Nina?

Vino corriendo a toda velocidad y ahí dije “Dios mío, ya”. Mi mamá había adoptado dos perros, porque le dijeron que así se acompañaban. Yo trabajo ene, y siempre me preocupó el tema de qué harán cuando no esté.

¿Qué te dijeron los guardias?

Confiaron en mí. Les dije que me las llevaría una semana para ver qué pasaba. Me daba miedo tomar la decisión. A la semana estaba completamente enamorada de ellas.

¿Cómo reaccionaron cuando las subiste al auto?

Es rarísima la sensación. Las dos tiritaban en el asiento de atrás. Estaban secuestradas (ríe). La Nina, la chiquitita, vomitó dos veces en el auto, abrí la puerta, se me escapó, casi la atropellan. Con el veterinario la atrapamos. Me dijeron que la Blanca estaba embarazada, pero después le hice una ecografía y no estaba. Igual me dio pena, porque me había hecho la idea (ríe).

¿Se acostumbraron rápido a tu casa?

Al principio se mearon y cagaron por todas partes (ríe). Tuve mucha paciencia. Contacté a una etóloga, descubrí ese mundo, por videollamada me dio tips para que se acostumbren a su rutina y a cambiar hábitos que, al menos la Blanca, tiene hace seis años. La chica aprendió más rápido porque es más cachorra. Cuando salimos la Blanca es muy alfa, la tengo que andar tirando con la correa. La Nina tira adelante y la Blanqui para atrás, y me veo muy ridícula paseando a las dos (ríe).

¿Y cómo se llevan entre ellas?

La Nina usa a la Blanqui de trampolín para llegar arriba mío, y la pobre Blanqui le tiene mucha paciencia. A veces se pelean. La primera vez que se pelearon quedé pegada al techo. Parecían dos fieras.

Tremendas personalidades.

Cada una es un mundo. Son dos personalidades distintas. La Blanca sólo quiere amor, le da una lata tremenda salir a pasear, pero es muy cariñosa. Le gusta dormir pegada en tu cuello. La Nina es una hiperkinética que pide cariño todo el rato, es muy intensa. Los momentos que me ha tocado salir, la Nina se vuelve loca, llora. Un día se comió el cable del citófono, me quedé sin timbre. Estoy armando un operativo para cuando vuelva a grabar.

Lo bueno es que varias personas pueden cuidarlas…

Gracias a Dios, hay de todo. Hay paseadores, guarderías de perros, existen alternativas. Haré todo lo
que sea necesario, voy a trabajar para que mis perritas sean felices, quiero darles lo mejor.

¿Imaginas cómo sería tu cuarentena sin perros?

¡No! Mi mamá, cuando tenía a la Ginger, me regaló un imán que dice «My rescue dog, rescued me», que significa mi perro rescatado, me rescató a mí. Y es muy verdad. Es un poco cliché, me emociona. Estas perras me salvaron la vida.

Vinieron a acompañarte después de terminar una relación amorosa también…

Había terminado antes de la cuarentena, hace hartos meses. Ya estaba acostumbrada a vivir sola, tampoco vivía con Matías (Oviedo). Pero una persona que vive sola no lo nota tanto cuando está trabajando. Después de trabajar, salía con amigas, iba a trabajar al teatro, hacía mucha vida social. También creo que estas perritas me van a obligar a estar más en mi casa, a ser más hogareña. Es una nueva etapa.

Cuándo las miras, ¿piensas en cuántos inviernos pasó en la calle?

¡Terrible! A veces la reto por algo, y agacha su cabecita y me da pena retarla. Ahora siento que su vida sólo debe ser felicidad, y que haga lo que quiera. Me hace muy feliz pensar que van a tener una mejor vida, es mi misión. Le pedí a la Ginger que me mandara un perrito, y me mandó estas dos. Siento que la Nina es su hija y que la Blanqui es como la mamá. Tienen algunos rasgos en común, la Ginger era tranquila como la Blanqui, por ejemplo. Me las mandó, no encuentro otra explicación para encontrar a estas dos perritas tan simpáticas, inteligente y bacanes. Es increíble cómo en los perritos que han vivido en la calle hay una inteligencia, una bondad y una humildad tremendas. Tienen mucho que enseñarnos.

La serie chilena más larga

Camila Hirane debutó en la serie de HBO Prófugos el año 2011 y tras pasar por varias producciones dramáticas llegó el año 2017 a Verdades Ocultas, donde interpreta a “Rocío Verdugo”. La serie, que actualmente sigue al aire por las pantallas de Mega, es considerada la más larga en lo que a producciones dramáticas nacionales se refiere.