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Niños & Mascotas

Los niños se acercan naturalmente a los animales, saben que forman parte importante de su mundo, y parte de su esencia es entregarles amor. Están totalmente conectados. ¿Cuándo perdemos esa conexión? La destacada sicóloga y autora del libro “Arriesgarse a vivir”, Marcela Lechuga, nos cuenta su experiencia y responde esta interrogante.

“Fui una niña muy sensible. Nunca me dieron un fármaco, mi mamá tuvo la fortaleza de vivir con una niña distinta. Como cuento en el libro ´Arriesgarse a vivir´, yo lloraba porque mi papá le echaba limón a las almejas, porque sentía que les dolía. Recuerdo que decía que no quería crecer porque veía a los adultos insensibles, desconectados. Es como en la película ´La elegancia del erizo´, donde una niña ve el mundo de los adultos y lo encuentra incoherente, y absurdo. Mi padre era muy lógico y mi conducta le parecía absurda, pero tengo una madre empoderada, íntegra, impecable y, de alguna forma, compensaba esto.

Intuía que mi papá estaba equivocado, pero tenía razón en que yo no era como él. Para mi padre era ilógico que, si él salía con un rifle a postones a matar pájaros, yo iba detrás con una piedra espantándole los pájaros. Era difícil para él tener una hija como yo.

En mi entorno no veía tanta sensibilidad, por lo tanto, me sentía un bicho raro. Nunca cambié, gracias a ese anhelo mismo de no querer cambiar. No quería perder mi sensibilidad, prefería morirme a perderla. ¿Cómo la soporté? Por momentos tenía ganas de morirme. Era tan duro vivir en esta dimensión, tan duro ver el sufrimiento de los animales. Hasta ahora… Acabo de parar a darle comida a dos animales que estaban abandonados en la calle; por suerte lo hace mucha gente actualmente. En mi tiempo no lo hacía nadie en mi entorno, excepto mi madre, y me sentía muy sola. Era agobiante la sensación. No podía dormir ni comer tranquila pensando en esa realidad”, revela con total honestidad Marcela Lechuga, sicóloga, autora de libros como “Así es la vida”, y “Arriesgarse a vivir”.

Siente que, pese a que nació en 1965, manifestó características de niño índigo. No existen estudios comprobados, pero se piensa que éstos son posteriores a los años 80 y que dejaron de nacer el 2000; a partir de esa fecha comenzaron a nacer los niños arcoíris, los cuales mantienen aún más conexión con el entorno. Por eso no sorprende toparse cada vez con más niños que intuitivamente no quieren comer carne para no hacer daño a sus “hermanos menores”.

La sicóloga considera que esa realidad es parte de un nuevo paradigma. “Las generaciones actuales nacen en una cultura donde abundan los veganos, vegetarianos, comida libre de azúcar. Están creciendo con otras conductas, en un nuevo mundo. El sufrimiento va cediendo con la esperanza de que la humanidad vaya evolucionando en consciencia”, asegura.

Los animales hacen bien

Dibujo de un niño con crayones

Esa conexión a la que apunta Marcela nace con nosotros. Aunque algunos especialistas crean que antes sólo usábamos a los animales para nuestro beneficio, sin mantener ninguna relación afectiva, en 1976 el arqueólogo Simón Davis, de la Universidad Hebrea, encontró un indicador del vínculo humano-animal: un esqueleto humano de aproximadamente 12 mil años y, a su lado, el esqueleto de un cachorro.

Los beneficios en los menores están completamente comprobados, y hay diversos estudios que establecen que tener una mascota permite a los niños conocer e identificar emociones, ponerse en el lugar del otro, trabajar en equipo y respetar a todo ser viviente. No sólo eso; en general permanecer cerca de animales reduce la presión arterial y equilibra la frecuencia cardiaca, disminuyendo los niveles de ansiedad y de estrés.

Por otra parte, el biólogo Edward Wilson sostuvo que los animales están entre los primeros conceptos que adquieren los niños, y que ellos muestran una predisposición innata a estar en armonía con el mundo natural y con los animales que viven en él. Su teoría de la biofilia propone que el sólo contacto con animales favorece la seguridad del menor y sirve como potenciador del mantenimiento de la atención, la codificación de los recuerdos y la organización de los pensamientos.

La sicóloga Marcela Lechuga confirma esa premisa, y entrega más perspectivas. ¿Por qué los pequeños disfrutan de una conexión directa con animales? “Porque tienen una conexión directa con todo, con la naturaleza, el universo, los ángeles, con todas las dimensiones. Cuando nacemos tenemos abiertos todos nuestros canales para estar en contacto con el todo. A medida que vamos incorporando criterios de realidad se van cerrando esos canales. Incluso se dice que cuando desarrollamos el habla se cierra el chakra del timo, uno de los responsables de la comunicación. Existen otros centros también, como la glándula pineal, que nos ayudan a estar conectados en múltiples niveles, pero que se bloquean por el desarrollo de un enfrentamiento más racional o lógico de la realidad”.

Asimismo, describe que estableciendo vínculos con los animales se desarrollan habilidades emocionales que nos ayudan a autorregularnos. Esta experiencia de cercanía y amor con los animales nos hace más empáticos, y más respetuosos con el entorno. “Para un niño con tristeza es mejor tener una mascota que tomar un fármaco. La mascota le va a desarrollar más destrezas sociales, empáticas, humanas, para conectarse con el mundo”.

La autora recalca que cada vez hay menos encuentros naturales con el jardín, los gusanos, los pájaros y, si sumamos el desarrollo tecnológico, tenemos hijos que no se pueden desconectar de instancias que los regulan, que mantienen el contacto con lo natural. “La conexión con la naturaleza y el reino animal nos invita a experimentar la totalidad, el ser Uno con todo, la Comun-Unión. Esa conexión puede estar toda la vida si logramos mantener nuestra sensibilidad”, subraya.

Cuando los niños maltratan a los animales podríamos hablar de un entorno inadecuado, donde existe un adulto que está dando un mal ejemplo. “También puede ocurrir que los niños lo están pasando mal, tienen a alguien que los maltrata. Por ejemplo, un compañero les hace bullying, y ellos manifiestan su rabia maltratando a otro más débil. Hay que poner atención a los menores que maltratan o que se muestran indolentes con los animales. Están dando una señal de alerta, de falta de conexión y empatía”.

Ahora, si un adulto hiere a un animal, hablamos de un gran descriterio. “Ser adulto no es alguien que tiene determinada edad. Un adulto íntegro, aunque no tenga adoración por los animales, va a hacer lo correcto. Un adulto se caracteriza por actuar correctamente, por lo tanto, acoger a un niño, anciano o animal vulnerable, con respeto y buen trato. Hay que llegar a la adultez conectado con la sensibilidad. La sensibilidad es la guía para saber responder adecuadamente al entorno”.

En ese mismo sentido Lechuga recomienda que los niños crezcan con mascotas, siempre y cuando cuenten con adultos coherentes. “Esto de padres que después botan a los animales porque hacían mucha caca o rompían el sillón, mejor no. Esos son padres intolerantes, padres inmaduros que piensan que las mascotas son juguetes desechables, por lo tanto, son muy malos ejemplos para nuestros niños”, sentencia.