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¡No los llames mascotas! Llámalos…

junio 18, 2019 by Isabel Pinto en Mestizos Magazine

La manera de nombrar a nuestros animales refleja nuestra forma de pensarlos.

Por Marcos Díaz Videla. Doctor en psicología, docente en Universidad de las Flores en Buenos Aires, autor de
“Antrozoología y el vínculo humano y perro”.

De tanto en tanto recibo un comentario de alguien que me regaña por referirme a mis perras con un término que no es de su agrado. Yo suelo utilizar las expresiones animal de compañía y custodio, aunque reconozco que pueden resultar tan problemáticas como hablar de mascotas. Ahora bien, ¿de qué manera deberíamos referirnos a estos animales con los que elegimos convivir?

Todos estamos de acuerdo en que la palabra mascota se refiere a un animal domesticado o amansado, que es mantenido por placer o compañía.

Actualmente, el término mascota no goza de popularidad. Algunas personas consideran que esta expresión no respeta la propia integridad y dignidad de los animales, sino que los coloca simbólicamente en una posición de accesorio para la decoración y el divertimento humano.

Esto fue reconocido incluso por muchos investigadores que estudian las relaciones con los animales. Entre ellos, se hizo popular utilizar el término animal de compañía, el cual haría referencia a la principal función que desempeñan. Además, connota una relación de mayor igualdad entre los humanos y sus animales.

Aunque con buenas intenciones, esto no permitió resolver la cuestión. La expresión animal de compañía se ha mostrado también problemática. Por un lado, el término de compañía, o en inglés también compañero (companion), pasa por alto el hecho de que los humanos somos los dueños de nuestros compañeros no-humanos. Además, animal oscurece el hecho de que los humanos también somos animales. Por otro lado, muchas mascotas no se configuran como compañeros, aunque ambas expresiones técnicamente se proponen como sinónimos.

Estos son los términos disponibles en español.

Pese a lo que indica la Real Academia Española, en la práctica, reconocemos cada vez más que mascota y animal de compañía no necesariamente son términos intercambiables. El primero connota un amplio rango de animales con los que las personas eligen vivir. El segundo refleja un subconjunto integrado por aquellos con los que las personas tenemos un vínculo especial e interactivo. Ahora bien, ¿cómo nos referimos a los tenedores?

Estos animales son considerados legalmente como propiedad. Nos guste o no, pueden ser comercializados y sus compradores son los dueños. La expresión “No compres, adopta” refleja este aspecto. Pero aun cuando no haya habido un pago por el animal, sus tenedores son legítimamente sus propietarios ante la ley. En este sentido, también ha habido un movimiento dentro y fuera de la comunidad científica para evitar las etiquetas dueño, propietario y amo al referirse al vínculo humano-animal. Así, muchos hemos optado por expresiones como custodios, cuidadores o guardianes para reflejar la relación subjetiva que los tenedores forjamos con estos animales.

Yo me oriento a considerar que cada mascota tiene un dueño y cada animal de compañía, un custodio. Son los términos que uso frecuentemente. Reconozco que a diferencia de quien tiene la custodia de un niño, quien la ejerce sobre un animal está autorizado a deshacerse de este. Sin embargo, pensarnos como custodios destaca nuestra responsabilidad y nos ubica a ambos en un terreno de familia, sin necesidad de infantilizar a los animales, como cuando decimos padres y perrijos o gatijos.

Sabemos que los términos son importantes, en tanto reflejan nuestra manera de pensar la cuestión y destacan distintos aspectos del tipo de relación que establecemos con nuestros animales. Sin embargo, el cambio determinante estará dado por la modificación del marco legal de estos animales. Ahí es donde deberíamos centrar hoy nuestros esfuerzos. La incorporación a la ley de categorías como propiedad viviente/sintiente u otras similares, permitirán dar lugar a una nueva forma de autopropiedad en el animal mismo, donde se resalten las obligaciones de los tenedores, a la vez que los intereses intrínsecos de los animales. ¡En esta dirección estamos yendo!

 

 

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