Marcos Díaz Videla
Actualidad Animal

“Si no vas a tener un hijo, al menos tené un perro”

Sigue siendo común escuchar que los vínculos con animales son un fenómeno nuevo intensificado por deficiencias en los vínculos humanos. Sin embargo, la ciencia ha mostrado que no es ni lo uno ni lo otro, de modo que se trata simplemente de un prejuicio descalificatorio.

Por Marcos Díaz Videla, Doctor en psicología, docente en Universidad de las Flores en Buenos Aires, autor de “Antrozoología y el vínculo humano y perro”.

Todos los que tenemos vínculos con animales somos puestos bajo la lupa de este prejuicio en alguna medida, pero nadie es víctima de este como las mujeres que no tienen hijos (humanos).

Los vínculos afectivos con otras especies existen desde la era Paleolítica —hay evidencias arqueozoológicas de eso— y se han extendido a lo largo de toda la historia de la humanidad, aunque con fluctuaciones en su popularidad. Estas se han debido a las actitudes sociales de permeabilidad o rechazo a las conexiones entre especies. Así, en la Antigüedad se enterraban los animales en cementerios humanos con obituarios conmovedores; y durante la Edad Media con la Inquisición corría peligro la vida de humanos y animales que usaran desafiar el supuesto orden divino al vincularse afectivamente.

De modo similar, lo que sucedió en las últimas décadas ha sido un cambio cultural que modificó radicalmente las actitudes hacia los animales y, a su vez, también se modificó el rol social de las mujeres. Respecto del primer punto, la cosa se invirtió, de modo que hoy se condena la tenencia de mascotas sin formación de un vínculo afectivo con estas. Mientras hace años lo máximo permitido era declarar impersonalmente que el perro era el mejor amigo del hombre, hoy, yo puedo decir públicamente que soy el padre de mis perros. Y puedo hacerlo incluso en un ámbito académico de psiquiatría, sin riesgo de perder mi trabajo o estatus. Alguno me mirará raro, pero no puede hacer mucho más que eso sin exponerse abiertamente a ser cuestionado.

El segundo punto se liga al feminismo. Claramente las mujeres han salido del ámbito doméstico, y hoy pueden desarrollar los mismos trabajos profesionalizados y ocupar los roles jerárquicos que antes eran reservados a los hombres. Pero previamente debían dedicarse a la familia y confinarse al hogar. De modo que su realización en la vida pasaba por la maternidad. Suena arcaico, pero no es tan distante: el siglo XX fue mayormente así y no creo que esto se haya erradicado completamente. De todas formas, el feminismo dio lugar a que dedicarse al hogar y la maternidad fueran —idealmente— una elección. De modo que estos mandatos sociales de casarse antes de los 30 años y el deber de tener hijos se han flexibilizado.

Ahora bien, al igual que sucede con el prejuicio hacia los vínculos con animales, ambos aún subsisten solapadamente en nuestra cultura y ejercen presiones para acomodarse a “lo que debería ser”. Y ahí es donde la combinación de ambos puntos forma una paradoja que no deja salida para las mujeres sin hijos.

Una posibilidad es que estas decidan no tener animales. Estas mujeres son percibidas como egoístas, frías, solitarias, emocionalmente inestables e incapaces de construir vínculos afectivos. Y la otra posibilidad, es que decidan tener animales. Esto es tomado como un intento de compensar la falta de hijos. Si bien atenúan las descalificaciones mencionadas, tampoco salen indemnes, en tanto resultan percibidas como patológicas en su vinculación con sus animales de compañía.

Sin embargo, las investigaciones no apoyan la existencia de esta relación compensatoria patológica. Los estudios realizados con mujeres sin hijos muestran que el hecho de que decidan no tenerlos no permite predecir si decidirán o no tener animales. Algunas mujeres simplemente deciden no tener animales por los mismos motivos que decidieron no tener hijos. Y en caso de tener animales, se ha observado que mientras algunas desarrollan un vínculo materno con estos, otras no lo hacen.

De modo que el problema acá, para algunas personas, parece radicar sencillamente en que haya mujeres que decidan no tener hijos, sea que tengan o no animales. En ambos casos, la presión social por ser madre subsiste e incorpora a los animales descalificando los vínculos estos.

Es decir, si bien el prejuicio hacia los vínculos con animales nos afecta a todos, no opera del mismo modo para madres y para hombres, que para las mujeres sin hijos. Ellas, además, tienen el desafío extra de lidiar con las presiones sociales hacia la maternidad que aún no terminamos de desterrar.