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Vínculos con animales ¿Por qué hoy son más intensos?

Los cambios sociales dados en las últimas décadas han alterado notablemente la manera en que las personas se vinculan socialmente.

Por Marcos Díaz Videla Doctor en psicología, Universidad de Buenos Aires, autor de “Antrozoología y el vínculo humano y perro”.

Para algunos autores, los avances tecnológicos y el uso de internet han dificultado las conexiones sociales significativas, generando malestar, disfuncionalidad y sentimientos de soledad. Así, las personas se habrían desconectado socialmente permitiendo que surgieran los vínculos con mascotas. ¿Qué evidencia hay sobre esto?

En la mayor parte de los países occidentales el número de hogares que cuentan con perros y gatos ha crecido firmemente en las últimas décadas. Y no sólo eso, además, los animales son hoy un componente siempre presente en la vida familiar.

Los incrementos en la tenencia han sido apresuradamente interpretados como un fenómeno occidental, fomentado por la urbanización moderna, afluencia económica y sentimentalismo burgués. Esta idea argumenta que, en los últimos cien años, las personas pasaron de vivir en comunidades estables hacia grandes ciudades alienantes, fragmentando la familia tradicional y generando en una necesidad de apoyo emocional extra.

Veamos: las personas tenemos mascotas desde mucho antes que exista el estilo de vida tradicional. Tenemos evidencia antropológica, fósil y de estudios de ADN que ubican la tenencia de animales de compañía a más de 30.000 años atrás. En ese momento, las personas vivían en tribus nómades y su economía se basaba en la caza y recolección, sin lujos, ni sentimentalismo burgués. De acuerdo con los estudios realizados en este tipo de tribus que hoy subsisten, sabemos que en ellas la tenencia de mascotas es más bien la norma que la excepción; destacándose además la intensidad de los sentimientos hacia estos animales. Sus actitudes no difieren sustancialmente de las que caracterizan a la sociedad occidental. Las mascotas son criadas, queridas, y hasta amamantadas si fuera necesario.

Respecto de la urbanización, es curioso que esta conlleva factores que en verdad han obturado la tenencia de mascotas y las interacciones con el mundo natural, y continúan haciéndolo. Por ejemplo, la gente ya no posee terrenos, sino que tiende a alquilar departamentos, con contratos que suelen prohibirlas. Además, a los animales se les restringe el acceso a múltiples espacios comunitarios.

La idea arriba mencionada, de las mascotas como un fenómeno postmoderno, se basa en lo que se conoce como hipótesis de la individuación, la cual ha influido marcadamente la teoría sociológica de las familias en las últimas décadas. Desde esta perspectiva, los cambios sociales han hecho que las personas se vuelvan más independientes, volviendo débiles y frágiles a sus relaciones cercanas. Esto atentaría contra la solidaridad en las familias y comunidades. Y por este motivo, presumiblemente, las personas se habrían acercado a sus mascotas para obtener compañía e intimidad.

Si bien el argumento tiene lógica, las investigaciones realizadas mostraron un panorama diferente: las nuevas familias y comunidades sí muestran solidaridad y son resilientes ante adversidades. Los procesos que fomentan más independencia individual no dieron por resultado una desconexión universal con parientes, vecinos y amigos, sino que permitieron a las personas mayor libertad para decidir con quién relacionarse y a quién considerar familia. Desde esta perspectiva, si bien las familias han modificado su estructura, continúan siendo una fuente de amor y apoyo para sus miembros y allegados. Así, se hace difícil pensar que estas personas sufran de déficits de apoyo emocional y estén buscando sustitutos de interacción humana en sus animales.

Una explicación alternativa propone que el incremento de mascotas no es tanto el producto de una necesidad creciente como el inevitable resultado de un cambio histórico en las actitudes sobre los animales. Las migraciones hacia las ciudades y el distanciamiento con contextos rurales y la explotación animal habrían favorecido este cambio actitudinal. Es decir, al no necesitar mantener una delimitación clara entre humanos y animales, que permita la explotación sin entrar en dilemas morales, las personas han permitido una mayor permeabilidad afectiva entre especies. De modo que un animal, como sucede con perros y gatos, puede pasar a ser considerado como un semejante.

Así, aunque el contexto de las relaciones cercanas con animales se ha modificado, estas relaciones no son un fenómeno nuevo. Y, según las investigaciones, los recientes incrementos en la tenencia de mascotas no responderían a carencias en los vínculos humanos, sino más bien, a un cambio actitudinal positivo hacia los animales y las conexiones entre especies.